
La cantada destitución de Juande Ramos en el Tottenham confirma una de las máximas de este deporte y de casi todos. Si los futbolistas no quieren a su entrenador, éste acabará en la calle. La figura del entrenador es muy delicada. Lidiar un vestuario en el que se juntan tantas estrellas es mucho más complicado de lo que parece. Demasiada dureza no es buena y una excesiva relajación tampoco lo es. Lo difícil es conseguir el equilibrio. El dejar hacer a los futbolistas acabó con Rijkaard, un entrenador que lo dio todo por sus jugadores -no digo que no tuviera culpa- y que éstos no le respondieron como el holandés merecía.
El caso de Juande es todo lo contrario. La excesiva dureza le aniquiló. Su llegada a Londres vino acompañada de cambios drásticos en la conducta de sus jugadores. Cuentan las malas lenguas que algunos de estos futbolistas brindaron con champagne al enterarse del despido del español. Yo me lo creo. Otro caso más, el de Koeman. El tulipán llegó a Mestalla con muchas ideas pero topó con ciertos futbolistas. Ronald los quiso apartar pero acabaron por apartarlo a él. Ser entrenador es complicado. ¿De verdad creeis que Juande en un año se olvidó de todas las virtudes que hicieron del Sevilla el mejor equipo de Europa o que hizo al Tottenham campeón de Copa? Lo dudo. ¿De verdad creeis que toda la culpa de la mala temporada del Valencia la tuvo Koeman? Lo dudo aún más. ¿Cómo es posible que el Valencia, con los mismos jugadores que el año pasado, esté líder de la Liga, o que el mismo Tottenham de Juande en dos partidos haya conseguido una victoria y un empate en el Emirates Stadium? Muy sencillo, los jugadores son los que juegan así que son los que deciden. El poder del futbolista es enorme. Veremos quien es el siguiente entrenador afectado.